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Compararnos para ponernos en nuestro lugar

Es difícil tener una auto-imagen o auto-percepción ajustada. Con frecuencia, o “estamos muy subidos” respecto a nosotros mismos y nuestras capacidades, o “estamos por los suelos”. A veces, pararnos y compararnos con otros aspectos de la realidad nos ayuda a ponernos en nuestro lugar, a tener una conciencia de nosotros mismos más ajustada a lo que de verdad somos. Esta ha sido una práctica común en distintas tradiciones espirituales.

En la Biblia dice el salmo 8: “al ver el cielo, la luna y las estrellas, obra de tus manos, qué es el hombre, para que te acuerdes de él…”?

El autor de este texto nos propone mirar la grandiosidad del universo, con su infinidad de estrellas situadas en medio del vacío más extenso y silencioso, con sus misterios aún inaccesibles a nuestra curiosidad. Nos propone reflexionar sobre nuestra pequeñez, nosotros que en tantas ocasiones nos creemos “el centro del universo”.

Y, a pesar de ser los humanos casi nada comparados con la inmensidad del cielo, cuando nos comparamos con nuestros compañeros animales de existencia, “bueyes y ovejas, y aún las bestias del campo, y las aves del cielo y los peces del mar que surcan las sendas de las aguas…”, podemos llegar a ser conscientes de nuestro valor, de nuestra “gloria y dignidad“. El salmista llega a llamarnos “reyes de todas las cosas creadas”.

Esta conciencia de nuestras capacidades superiores respecto al resto de los animales, históricamente ha provocado un cierto desprecio hacia ellos. Justificando su dominio y sometimiento ante el “rey de la creación”, en demasiadas ocasiones hemos usado y abusado de la naturaleza a nuestro antojo. Es cierto que, hace 70.000 años,  la “revolución cognitiva” nos dio, a la especie homo sapiens, una enorme ventaja competitiva sobre el resto de los animales. Aún así, hoy somos más conscientes de que esencialmente no existe tanta distancia entre nosotros y el resto de seres vivos: somos fruto de una única dinámica evolutiva y compartimos la mayor parte de información genética.

Bienvenido sea el “rey de la creación”, tan grande y tan pequeño al mismo tiempo, siempre que este reinado implique una mayor responsabilidad y cuidado de nuestros compañeros animales menos dotados cognitivamente que nosotros.

Ignacio de Loyola

En la tradición de los Ejercicios Espirituales, en la primera semana San Ignacio propone un ejercicio de comparación, en este caso con la finalidad de tomar conciencia de nuestra pequeñez y fragilidad, (no viene mal de vez en cuando un poco de esto) para acabar agradeciendo el milagro de estar vivos.

Ignacio nos propone que dejemos de mirarnos el ombligo por un instante, y nos fijemos en “toda la humanidad”. Después, que comparemos a las personas con los “ángeles y los santos”. Bueno, se puede o no creer hoy en la existencia literal de estos seres, pero sí podemos estar de acuerdo en que hay personas especiales, que “se merecen el cielo” por su forma de ser o sus logros.

Y da un paso más, comparando a estos seres con la inmensidad y el misterio de Dios, de la misma Realidad…

Parémonos a observar con curiosidad la impresionante diversidad de nuestro mundo. Nos asombraremos, y posiblemente alcancemos algo más de conciencia sobre nuestra pequeñez, y nuestra grandeza al mismo tiempo.

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