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La cultura del “para siempre”

La cultura del “para siempre”, del compromiso o la fidelidad incondicional, ha provocado y provoca mucho sufrimiento.

Acabo de hablar con una buena amiga que pertenece a una orden religiosa. Me ha dolido el corazón saber que ha pasado por una especie de dura depresión, una “noche oscura” en lenguaje religioso.

Es una mujer inteligente y generosa, con un estudios universitarios y una gran formación en espiritualidad, que ha dedicado buena parte de su vida a acompañar y promover las condiciones de vida de personas vulnerables en distintas partes del mundo más pobre. En su vida comunitaria también se ha preocupado y querido a sus hermanas religiosas.

En su momento, como muchos otros jóvenes movidos por una experiencia intensa de amor a Jesús y deseo de dedicar la vida a su seguimiento y a los demás, tomó una de esas grandes decisiones vitales que marcan la existencia. 

La iglesia tiene predilección por la expresión “para siempre”. Fidelidad,  compromiso, son palabras comunes que aplica en muchas ocasiones: es el caso de la vocación religiosa, el matrimonio, o el sacerdocio. Basándose en la supuesta fidelidad de Dios y de su permanente amor por todas las criaturas, nos propone que nosotros actuemos igual, tomando decisiones alineadas a la cultura del “para siempre”

Pero la cultura del “para siempre”, del compromiso o la fidelidad incondicional, ha provocado y provoca mucho sufrimiento. Porque no somos así.

Nosotros no somos el Dios permanente, eterno, infinito… La vida es el terreno por excelencia del cambio, de la mutación continua, de la transformación a base de un incesante intercambio de energía y de materia. Y todavía más cambiantes somos los seres humanos, debido a la impresionante plasticidad de nuestro cerebro. Somos capaces de no dejar de aprender hasta la muerte y de ampliar y enriquecer así continuamente nuestra visión de la realidad.

Compromiso y fidelidad no son valores absolutos.

El compromiso y la fidelidad están bien, son valores que dan estabilidad a nuestros proyectos; pero por encima de ellos está la felicidad. Este es el valor con el que hemos de estar continuamente comprometidos: nuestra felicidad. 

Otra cuestión sería cuales son los caminos más seguros para ir acercándonos a un estado de plenitud. Después de siglos de reflexión sobre la felicidad, parece que hoy la ciencia nos señala la importancia de aspectos como cuidar la relación con los demás, pensar correctamente, o encontrar un sentido a lo que hacemos. En definitiva, transcender de alguna manera de nosotros mismos.

Cuando somos felices brillamos, maduramos: nuestras potencialidades destacan, desaparecen los miedos, tenemos vitalidad y fuerza, nos movemos por el mundo con creatividad, sentido y visión. Estamos más atentos y perceptivos a los demás y a nosotros mismos; la felicidad se irradia y se contagia como una luz ilumina lo que la rodea.

Felicidad no significa comodidad o abundancia. Hay muchas personas felices cuya vida es muy difícil, que tienen grandes dificultades o carencias, o grandes responsabilidades sobre sus hombros; y sin embargo viven su vida con sentido, piensan de manera correcta y son capaces de disfrutar de las mil formas en que se nos presenta la felicidad.

Y por el contrario, una persona infeliz, apagada, amargada, quejosa, no ilumina nada (aunque él lo crea así) por muy elevado que sea su discurso. Si el compromiso o la fidelidad provocan que nos apaguemos o amarguemos continuadamente en el tiempo, dejan de ser valores para convertirse en enemigos. Entonces la cultura del “para siempre” puede convertirse en un marco mental paralizante, que nos impida dar los pasos necesarios para seguir buscando nuestra vitalidad, nuestra alegría y nuestro sentido. En definitiva, nuestra felicidad.

Para quienes gustan de citar y utilizar la Biblia para reforzar sus propias creencias, mi imagen de Jesús de Nazaret hace más incapié en la valentía, la verdad o el servicio (“no tengáis miedo”; “la verdad os hará libres…”), que en otros valores más accesorios.

Queridas Iglesias rígidas, arrogantes, patriarcales, ingenuas… Vosotras tampoco sois el Dios eterno e incognoscible, La Realidad.

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